jueves, 26 de mayo de 2011

Calor

En el aire flotaba el ruidoso frotar de las ruedas del coche en el asfalto y la velocidad le hacía cortar el aire. El cielo estaba precioso y despejado, pues se veían las estrellas.
“¿Por qué nos sigue esa estrella?”
Aquella mujer sonreía y se giraba hacía mí desde el asiento delantero. Su mirada era tan cálida pero, en cambio, noté frío en mis brazos y mis piernas.
“Esa estrella nos sigue para cuidarte”
El carraspeo. Su sonrisa se giró hacia mí, sus labios se movieron. ¿Qué decía? Era un hombre joven y sus ojos me querían y me miraban con dulzura. ¿Qué dijo? No lo recuerdo, está tan borroso. Noto que algo húmedo resbala por mis mejillas y mi vista se nubla. Una luz cegadora inunda el coche y, sin saber qué estaba ocurriendo, la oscuridad se cierne sobre mí. Un sonido metálico, el grito histérico e la mujer de la mirada cálida. Cristales rotos. Golpes, golpes, golpes. Un estruendoso ruido hace que mis oídos estallen y me desoriento. ¿Dónde estoy? Por mi cara resbalan lágrimas.
En un acto reflejo, cierro mis ojos. Me dispongo a abrirlos…

Sangre.

-¡Pine, despierta!
Un último grito resonó por mi habitación y se reprodujo en un pequeño eco. Estaba en mi cama, cubierta de sudor y lágrimas, el pelo mojado pegado a mi cara. Tenía un sabor metálico en la boca.
-Pine…
May se encontraba a mi lado y ya empecé a tranquilizarme. La miré y vi que estaba llorando y que me tenía abrazada contra ella. Estoy en casa, era una puta pesadilla.
-Joder… ¡Estás sangrando!
Le temblaban los brazos.
-He gritado demasiado, ¿verdad?- dije, incorporándome. Me dolía la cabeza.- Eh… Olvídalo. Y no llores que pareces boba. Ha sido solo una pesadilla.
-Te has mordido, Pine. Te sangra el labio.
Entendí el sabor metálico. Me levanté de la cama para ir al baño. Mi hermana no había vuelto. “Menudas fiestas se pega esta mujer”-pensé. Encendí al luz y me miré al espejo, contemplando mi somnolienta imagen en él. El labio estaba hinchándose y ya no sangraba demasiado pues la sangre se iba coagulando dentro de mi boca. Escupí y me enjuagué la boca con agua. Me apoyé con el brazo en el grifo y hundí mi frente en él, recordando el sueño. La mirada de aquella mujer. Mi madre.
- Me asustaste, ¿sabes?
May se apoyaba en el marco de la puerta. Aún temblaba. Escupí de nuevo y me tiré agua a la cara, intentando quitar todo rastro de lágrimas, sudor y sueño.
-Lo siento, pero yo no controlo lo que sueño.
-Ya, ya lo sé. Pero igualmente… Me has asustado. Empezaste a llorar y a gritar y te mordiste el labio, ya ves como lo tienes…

Dejé de secarme la cara con la toalla un instante y la miré. Miraba sus manos, que estaban hacia arriba, temblando y toda su cara, sus sesenta pecas no alegraban su expresión. Estaba consternada.
Me acerqué a ella y la abracé.
-¿Qué coño has soñado?-dijo medio gritando, medio susurrando, aunque parezca increíble.

Me perdía en su olor, dulce, com0 las flores que florecen en verano y dan a la noche ese toque fresco. Un olor como a helado de fresa.

-Mis padres.
-Lo siento, Pine.

Pasé mis brazos por encima de sus hombros y me quedé a escasos centímetros de ella, mirándola en la oscuridad. Apoyé delicadamente mi frente contra la suya y rocé mi nariz con su nariz.
-No importa.- dije y sonreí tristemente en silencio.
-Debe… Debe haber sido horrible.

Me apretó más contra su cuerpo, tanto que empecé a notar los huesos de su pelvis contra mi vientre. La miré y me puse a observar sus movimientos. ¿Qué pretendía? Entonces me di cuenta de que May tenía los ojos cerrados y que tan sólo esperaba.

-Si…-respondí con tranquilidad, aunque temía que May pudiese escuchar el concierto de tambor africano que se desarrollaba en mi pecho.- La verdad es que esta ha sido la peor de todas. Suelo tener este tipo de pesadillas… Siempre me pregunto por qué…- su boca cada vez estaba más entreabierta- No creo que pueda dormir esta noche…-lo dije y conforme lo dije empecé a acercar mi boca  a la suya, lentamente, para que no se diese cuenta aunque sabía que eso era improbable.
-Yo tampoco creo que pueda dormir… Quiero estar atenta por si te vuelve a pasar.-cogió aire y suspiró en mi nariz- No quiero que sufras…

A punto de rozarla, me detuve.

Hace unos tres años, conocí a una chica que se llamaba Claudia. Ella lo estaba pasando bastante mal y (no sé por qué me atraen ese tipo de situaciones) empecé a juntarme con ella. Su perro tenía un problema de estómago bastante grave, por eso la chica estaba en un momento difícil ya que el tiempo de vida del animal se traducía en poco menos de una semana.
Una tarde de esa semana, estaba en su casa como siempre cuando oímos que algo se desplomaba en el suelo de su cocina. Fuimos corriendo y, efectivamente, a los pies de una caja de cereales azucarados, se encontraba su perro. Eso me hizo pensar después, que sufrimos por aquello que podemos probar pero, aún sabiendo de las consecuencias, lo pruebas porque prefieres acabar con todo a seguir sufriendo. Porque sufrir es torturarse y es más fácil haber conseguido lo que querías aunque eso conllevara un sufrimiento mayor.

-No quiero hacerte daño, Pine- susurró en un suspiro, con los ojos cerrados. Su aliento me acarició la barbilla y pude saborear lo dulce que era.
La miré sin expresión.
Retiré mi cara y mi cuerpo de ella, no bruscamente pero decidida. Sabía que eso significaba un no y que esa oportunidad había llegado a su fin. Ella no volvería a bajar la guardia, no permitiría que volviese a pasar. Porque sabía que me haría daño.

-Vamos a dormir.- miré mi reloj y bostecé inconscientemente- Son las tres de la madrugada. Quiero al menos intentar dormir un poco.

Abrió sus ojos, me miró unos segundos y, como si le hubieran dado un pequeño empujón, me besó.

Me besó.



martes, 24 de mayo de 2011

Bosque



La música es la única manera de evadirse de un mundo que no deseé y que se creó sólo.

“The place where love grew too old,
Too old and broken to appraise.”

Nunca he tenido problemas para relacionarme con las personas de mi entorno. Aunque, he de reconocer que desde bien niña me independicé demasiado de mis compañeros de clase, hasta el punto de pasar mis horas libres leyendo, escribiendo o dibujando. Todo lo que fuera creativo y avivara mi imaginación. Nunca he sentido la necesidad de tener un grupo de amigos, de jugar a las barbies, de quedar para hacer trabajos de clase con nadie pues siempre los hacía yo sola y siempre aprobaba sin problemas. Sin embargo ahora, a punto de cumplir dieciséis, con una carrera sentimental que deja lastre en mí, puedo decir claramente que las relaciones entre personas importan y son necesarias. Ya no vale eso de dejar que el mundo viva y recuerde, se mueva a tu alrededor, sin pertenecer realmente a él. Ahora tienes que preocuparte por salir por esa puerta y no parecer un engendro, no parecer que vienes de otro planeta, porque de eso va a depender que te acepten en un sitio o en otro. Las putas apariencias que nunca me importaron  me empezaron a preocupar, pese a que nunca he tenido problema de recibir la aceptación o el rechazo, más la primera que la segunda, cualquier cosa en mí estaba mal y había que cambiarlo. ¿Por qué terminé haciendo lo que todos hacen si siempre me sentí diferente? Y un día, después de toda esa transición de mí yo antiguo al de ahora, lo tiro todo por donde me da la gana y aparezco aquí, con mi camiseta de Sex Pistols, mis pantalones desgarrados con imperdibles y parches, mi pelo teñido del color de mi estado de ánimo- ahora verde- y mis botas negras. Mi apariencia bien podría ser la de “¡Alejaos, no pienso ser igual que vosotros, maricones!” y creo que el mensaje fue captado pues después de todo sólo quedó ella. Y eso me hizo pensar… Me quité de relaciones inútiles y sin sentido. Hacía tiempo que no encontraba a nadie con quien estar y empecé a dejar de buscarlo también. Me centré en lo importante. En la razón. En la persona que se había convertido en lo importante y en la razón. Y joder… en la música, el arte y la literatura también. Empecé a ser libre.


Volvimos a casa en autobús, manteniendo una absurda conversación intermitente sobre los estudios, Paramore, Yeray y lo que teníamos planeado para hacer aquella noche. Si, ella se quedaba a dormir. No lo hacía muy a menudo… Bueno, en realidad era la primera vez que venía a mi casa a pasar la noche.
Ya habíamos planeado lo que íbamos a hacer desde hace días pero nos gustaba hablar de ello.

-Entonces, vemos la película esa de miedo que me dijiste, la que copiaron los americanos de la original en tailandés…
-Shutter- le interrumpí.
-… y la vemos mientras comemos las patatas fritas que hemos comprado, ¿no?
-Eso es.
-Y después nos vamos a dormir porque yo me habré convertido en una zombie.
-Sí, más o menos como tú dices. Tal vez no deberíamos ver la película y esperar a la mañana siguiente. Tu cara de por sí con el amanecer, los pelos para arriba y un ojo abierto y otro cerrado, ya debe de dar el miedo suficiente. No sé si debería dormir contigo esta noche.- y me eché a reír, aún sabiendo que había estado esperando mucho este día.
Me echó una mirada asesina, con una pequeña sonrisa asomando.
-Sí, la que no debería de dormir contigo soy yo. Seguro que me haces perversiones esta noche… - me miró desde abajo, enarcando una ceja.
Mierda, por qué tendría que estar tan buena...
-No tengo el menor interés… ¡A saber si te duchas o no! No quiero que me pegues nada que no quiera, gracias- le sonreí y, con su cara entre sorprendida y divertida, empezó a pegarme haciéndose la ofendida.
-¿Qué?- le solté, con una sonrisa de oreja a oreja.

La lluvia golpeaba débilmente los cristales del autobús mientras éste traqueteaba y se detenía bruscamente en cada parada. Se iba vaciando poco a poco, conforme íbamos llegando a la última parada, la que más se acercaba a mi casa.
Siempre, cuando viajo en autobús, me da la sensación de que la gente me observa y piensa “lo que sea” de mí. Pero en realidad, el autobús es un buen lugar para aprender de las personas, si se observa con detenimiento. Supongo que al igual que yo observo, ellos, la gente efímera del autobús, observa. Yo, en múltiples ocasiones, cuando descubro en el autobús alguna imagen interesante, intento retenerla, memorizarla y guardarla, porque sé que nunca me volveré a topar con esa imagen.
Eso fue lo que hice, aquel día mojado de invierno, cuando al autobús subió ella.
Una chica de pelo castaño, puede que midiera tres dedos menos que yo. Vestía con pantalones vaqueros, una camiseta roja y un chaleco gris. Encima de su delicada nariz se posaban unas gafas a cuadros blancos y negros. Y cuando nuestras miradas se cruzaron, como dos bombas que se encuentran en el aire, me percaté de que detrás de esas gafas se hallaban unos ojos tan verdes como el corazón de un bosque y una mirada de una fuerza descomunal que podría detener el tiempo. Y, a decir verdad, por un momento pensé que lo había hecho.

Me mantuve impasible y observé como mordía su labio inferior con impaciencia. Se sentó cerca de mi asiento, al lado de la ventana, y apoyó su cabeza en el helado cristal.

-Pine, ¿me estás escuchando?
Volví la mirada hacia la voz que me estaba hablando. Parecía estar sorprendida pero mantenía su ceño fruncido.
-Lo siento. Vas a tener razón: estoy en mi puto mundo.
-Bueno, ya estoy acostumbrada a tus desconexiones.-bajó la voz un poco- Te has fijado en esa chica de ahí, ¿verdad?
La miré con tristeza.
Hacía como dos años que estaba enamorada de May. Ella lo sabía, por supuesto, pero ya me había dejado las cosas claras. No sentía lo mismo y, aunque ella dijera que era demasiado joven para saber lo que quería, estaba segura de que no iba a cambiar de opinión sobre mí. A ella ya le gustaba Yeray cuando yo le hablé de lo que sentía y, de alguna forma, empecé a odiarla inconscientemente, a ella y a Yeray por negar la realidad. El hecho de que quedaran ellos solos y, a veces, me  incluyeran en sus planes y pasáramos las tardes juntos o como se comportaban entre ellos, como me dejaban, de algún modo, de lado, hizo que acumulara mucha rabia, que yo solía contener. Yeray me trataba como si fuera insignificante y May negaba que le gustara Yeray. Y no saber la verdad, pero verla claramente en sus acciones me hacía daño.
Cuando empezaron a salir, hace ya mucho tiempo, fue en parte un alivio. Pero entonces supe que ya no tenía nada que hacer. Vivía en otras relaciones, en otro mundo, para evadirme del dolor, para olvidarme de ella sin esfuerzo, buscando algo que me llenara. Pero todas y cada una de mis relaciones se iban a la mierda porque ella se negaba a abandonar el lugar donde había asentado su malvado castillo de Drácula en mi mente, desde dónde me iba drenando las pocas ganas de reír que me quedaban. Y cuando llegó ese momento, me cercioré de que daría mi patética vida porque apreciara todo lo pienso y siento. Todo lo que hago y podría hacer si ella quisiese. Porque daría mi penosa existencia por ella, como la gilipollas que soy, porque aunque ella lo intente, jamás lo apreciaría. Porque nunca apreció nada de lo que hice y no va a ser distinto, ni ahora ni más adelante.

-¿Qué te pasa?
Parecía preocupada pues enseguida se le borró la sonrisa de los labios. La chica del autobús reaccionó de un modo extraño. Parecía que estaba escuchando la conversación.
-Estoy bien, sólo que… Estaba pensando.
-Siempre estás pensando-me interrumpió May- y no sé nunca en qué. Nunca quieres contármelo. Desde que empecé con Yeray, me tratas diferente. Ya no me cuentas nada, parece que te da miedo que sepa lo que sientes.
“Tal vez sea eso”- pensé.
-Sabes que siempre he sido así. No soy de decir mucho lo que pienso, me es casi imposible ordenar todo en mi cabeza y ser capaz de expresarlo y que llegues a entenderlo. Pero claro, estoy hablando de forma general…
- Pine… Te echo de menos, ¿sabes? Echo de menos que sonrías.
-A veces sonreír también es imposible.
Las dos nos quedamos calladas. Las gotas de agua golpeaban los cristales y se oían bajísimos murmullos entre las personas que se acomodaban en los asientos del bus, cada uno en su pequeño mundo ajeno.
-No paso de ti.- dije, casi escupiéndolo-Sólo estoy preocupada por lo que vaya a hacer en mi cumpleaños. Las cosas son más simples de lo que parecen.-mentí y le sonreí como pude.
Me quedé en silencio, esperando una reacción, mientras miraba las manos de la extraña chica que se sentaba dos asientos al lado de mí. Sus uñas eran largas y pintadas de negro, y sus dedos mantenían el ritmo de la canción que estaba escuchando. Mire de reojo a May, me miraba dudosa y torcía la boca en una mueca, como siempre hacía cuando se ponía a pensar.
-Va, no te preocupes tanto. Todo está bien, de verdad.
Mis palabras se perdieron en el vacío autobús y me di cuenta de que sólo quedábamos nosotras tres.
-Está bien. Ya pensaremos en algo para tu cumpleaños, ¿vale? Pero anímate, que siempre vas con una cara de muerta impresionante.
-Vaya, gracias. –May y su humor “anti-depresión”. Ella sí que sabía salir bien de momentos como este. Lo arreglaba todo con una sonrisa y una pequeña burla. De esa forma… A mí me resultaba más fácil olvidarme de todo lo demás.
Ella puso los ojos en blanco y sonrió. El autobús torció a la izquierda y llegó al fin a la parada donde teníamos que bajar.
Nos incorporamos y May me cogió de la mano. Siempre lo hacía cuando pensaba que algo iba mal para darse fuerza a sí misma. Sin embargo, esta vez, lo hizo sin darse cuenta.
Me despedí con la mirada de aquella chica, que se alejaba hacia el lado contrario que nosotras. Ella pareció darse cuenta y me dedicó una sonrisa antes de desaparecer por uno de los callejones adyacentes a la calle principal. Tuve… Una sensación muy agradable y sonreí. Hacia tiempo que no sonreía así.

lunes, 23 de mayo de 2011

Humedad

Era enero, una semana antes de mi cumpleaños, de mi decimosexto cumpleaños. Llovía.
 Caminaba por las calles apagadas y lúgubres de la ciudad, salpicándome a cada paso los pantalones en los charcos del agua turbia de la lluvia, que se extendían por todas partes. Mis pantalones con rotos que dejaban ver gran parte de mi piel y parches anarquistas y de grupos de música de los ochenta. Sí, como Joan Jett & The Blackhearts. Ahora que lo digo, hace tiempo que no las escucho.
Las gotas de esa lluvia torrencial y el viento helado congelaban, y también deshacían, alguno de mis pensamientos. El sonido de los coches al pasar, el chapoteo incansable, las voces en la calle de niños que discuten por las golosinas que les ha regalado el profesor en la escuela, el sonido de los pasos hundiéndose en la calzada… Todo, todo eso me parecía carente de importancia. Ella caminaba a mi lado, hablando de cosas banales, sin sentido, con una de sus sonrisas pintada en la cara.

-…porque si lo piensas, todos los grupos de rock que son americanos casi nunca pisan España Normalmente ni siquiera piensan en ello y lo cierto es que no me extraña en absoluto. ¿Tú qué piensas, Pine?
Fijó sus ojos caramelo en mis labios, esperando una respuesta. Sonreía, ella siempre sonreía.

Cuando me pongo a pensar en el tiempo que la conozco, me sorprendo. Joder, hay tantas cosas que no sabes, hay tantas cosas que me gustaría decirte pero siempre tengo que callar. Y el puto silencio, para evitar joderme, me puede.

-Umm… ¿Qué?

Observé su camiseta de Paramore. Estaba empapada, como toda ella. Como su pelo, largo y negro, que tenía por costumbre colocar a un lado por encima del hombro. O como sus pestañas, de las que goteaba la lluvia y resbalaba por su piel de marfil hasta sus rosados y acolchados labios, perfilándolos y venciéndose a una caída mortal desde su suave barbilla. Su cara mojada le daba un aspecto infantil, como de niña perdida. No podía dejar de mirar su escote. Debajo de la camiseta mojada se disimulaban muy mal sus curvas, donde imaginaba mis dedos como viandantes haciendo auto-stop, en busca de fiesta, un poco de alcohol tal vez. Y drogas, drogas al montón.

-¿Sabes qué, Pine?- dijo, mirando hacia arriba. La lluvia se desbordaba por sus mejillas…- A veces pienso que vives demasiado en tu mundo.
-Lo siento, estaba pensando… - quise decir en ti pero como siempre me contuve- He desconectado, ¿verdad?
- Sí –suspiró- ¿qué pensabas?

No respondí enseguida. La lluvia cada vez se hacía más continua y el sonido de nuestros pasos se perdía en la soledad de los callejones mojados y oscuros. Atravesamos un cruce corriendo, ya que el semáforo empezaba a cambiar el color y los coches despertaban entre la neblina. Llegamos a la tienda de discos y entonces respondí:
-No creo que sea tan interesante lo que pienso como el nuevo disco de Paramore.- dije señalando su camiseta- Vamos dentro, te veo un poco mojada.
Ella retuvo una pequeña risa y abrió la puerta.