En el aire flotaba el ruidoso frotar de las ruedas del coche en el asfalto y la velocidad le hacía cortar el aire. El cielo estaba precioso y despejado, pues se veían las estrellas.
“¿Por qué nos sigue esa estrella?”
“¿Por qué nos sigue esa estrella?”
Aquella mujer sonreía y se giraba hacía mí desde el asiento delantero. Su mirada era tan cálida pero, en cambio, noté frío en mis brazos y mis piernas.
“Esa estrella nos sigue para cuidarte”
El carraspeo. Su sonrisa se giró hacia mí, sus labios se movieron. ¿Qué decía? Era un hombre joven y sus ojos me querían y me miraban con dulzura. ¿Qué dijo? No lo recuerdo, está tan borroso. Noto que algo húmedo resbala por mis mejillas y mi vista se nubla. Una luz cegadora inunda el coche y, sin saber qué estaba ocurriendo, la oscuridad se cierne sobre mí. Un sonido metálico, el grito histérico e la mujer de la mirada cálida. Cristales rotos. Golpes, golpes, golpes. Un estruendoso ruido hace que mis oídos estallen y me desoriento. ¿Dónde estoy? Por mi cara resbalan lágrimas.
En un acto reflejo, cierro mis ojos. Me dispongo a abrirlos…
Sangre.
-¡Pine, despierta!
Un último grito resonó por mi habitación y se reprodujo en un pequeño eco. Estaba en mi cama, cubierta de sudor y lágrimas, el pelo mojado pegado a mi cara. Tenía un sabor metálico en la boca.
-Pine…
May se encontraba a mi lado y ya empecé a tranquilizarme. La miré y vi que estaba llorando y que me tenía abrazada contra ella. Estoy en casa, era una puta pesadilla.
-Joder… ¡Estás sangrando!
Le temblaban los brazos.
-He gritado demasiado, ¿verdad?- dije, incorporándome. Me dolía la cabeza.- Eh… Olvídalo. Y no llores que pareces boba. Ha sido solo una pesadilla.
-Te has mordido, Pine. Te sangra el labio.
Entendí el sabor metálico. Me levanté de la cama para ir al baño. Mi hermana no había vuelto. “Menudas fiestas se pega esta mujer”-pensé. Encendí al luz y me miré al espejo, contemplando mi somnolienta imagen en él. El labio estaba hinchándose y ya no sangraba demasiado pues la sangre se iba coagulando dentro de mi boca. Escupí y me enjuagué la boca con agua. Me apoyé con el brazo en el grifo y hundí mi frente en él, recordando el sueño. La mirada de aquella mujer. Mi madre.
- Me asustaste, ¿sabes?
May se apoyaba en el marco de la puerta. Aún temblaba. Escupí de nuevo y me tiré agua a la cara, intentando quitar todo rastro de lágrimas, sudor y sueño.
-Lo siento, pero yo no controlo lo que sueño.
-Ya, ya lo sé. Pero igualmente… Me has asustado. Empezaste a llorar y a gritar y te mordiste el labio, ya ves como lo tienes…
Dejé de secarme la cara con la toalla un instante y la miré. Miraba sus manos, que estaban hacia arriba, temblando y toda su cara, sus sesenta pecas no alegraban su expresión. Estaba consternada.
Me acerqué a ella y la abracé.
-¿Qué coño has soñado?-dijo medio gritando, medio susurrando, aunque parezca increíble.
Me perdía en su olor, dulce, com0 las flores que florecen en verano y dan a la noche ese toque fresco. Un olor como a helado de fresa.
-Mis padres.
-Lo siento, Pine.
Pasé mis brazos por encima de sus hombros y me quedé a escasos centímetros de ella, mirándola en la oscuridad. Apoyé delicadamente mi frente contra la suya y rocé mi nariz con su nariz.
-No importa.- dije y sonreí tristemente en silencio.
-Debe… Debe haber sido horrible.
Me apretó más contra su cuerpo, tanto que empecé a notar los huesos de su pelvis contra mi vientre. La miré y me puse a observar sus movimientos. ¿Qué pretendía? Entonces me di cuenta de que May tenía los ojos cerrados y que tan sólo esperaba.
-Si…-respondí con tranquilidad, aunque temía que May pudiese escuchar el concierto de tambor africano que se desarrollaba en mi pecho.- La verdad es que esta ha sido la peor de todas. Suelo tener este tipo de pesadillas… Siempre me pregunto por qué…- su boca cada vez estaba más entreabierta- No creo que pueda dormir esta noche…-lo dije y conforme lo dije empecé a acercar mi boca a la suya, lentamente, para que no se diese cuenta aunque sabía que eso era improbable.
-Yo tampoco creo que pueda dormir… Quiero estar atenta por si te vuelve a pasar.-cogió aire y suspiró en mi nariz- No quiero que sufras…
A punto de rozarla, me detuve.
Hace unos tres años, conocí a una chica que se llamaba Claudia. Ella lo estaba pasando bastante mal y (no sé por qué me atraen ese tipo de situaciones) empecé a juntarme con ella. Su perro tenía un problema de estómago bastante grave, por eso la chica estaba en un momento difícil ya que el tiempo de vida del animal se traducía en poco menos de una semana.
Una tarde de esa semana, estaba en su casa como siempre cuando oímos que algo se desplomaba en el suelo de su cocina. Fuimos corriendo y, efectivamente, a los pies de una caja de cereales azucarados, se encontraba su perro. Eso me hizo pensar después, que sufrimos por aquello que podemos probar pero, aún sabiendo de las consecuencias, lo pruebas porque prefieres acabar con todo a seguir sufriendo. Porque sufrir es torturarse y es más fácil haber conseguido lo que querías aunque eso conllevara un sufrimiento mayor.
-No quiero hacerte daño, Pine- susurró en un suspiro, con los ojos cerrados. Su aliento me acarició la barbilla y pude saborear lo dulce que era.
La miré sin expresión.
Retiré mi cara y mi cuerpo de ella, no bruscamente pero decidida. Sabía que eso significaba un no y que esa oportunidad había llegado a su fin. Ella no volvería a bajar la guardia, no permitiría que volviese a pasar. Porque sabía que me haría daño.
-Vamos a dormir.- miré mi reloj y bostecé inconscientemente- Son las tres de la madrugada. Quiero al menos intentar dormir un poco.
Abrió sus ojos, me miró unos segundos y, como si le hubieran dado un pequeño empujón, me besó.
