La música es la única manera de evadirse de un mundo que no deseé y que se creó sólo.
“The place where love grew too old,
Too old and broken to appraise.”
Nunca he tenido problemas para relacionarme con las personas de mi entorno. Aunque, he de reconocer que desde bien niña me independicé demasiado de mis compañeros de clase, hasta el punto de pasar mis horas libres leyendo, escribiendo o dibujando. Todo lo que fuera creativo y avivara mi imaginación. Nunca he sentido la necesidad de tener un grupo de amigos, de jugar a las barbies, de quedar para hacer trabajos de clase con nadie pues siempre los hacía yo sola y siempre aprobaba sin problemas. Sin embargo ahora, a punto de cumplir dieciséis, con una carrera sentimental que deja lastre en mí, puedo decir claramente que las relaciones entre personas importan y son necesarias. Ya no vale eso de dejar que el mundo viva y recuerde, se mueva a tu alrededor, sin pertenecer realmente a él. Ahora tienes que preocuparte por salir por esa puerta y no parecer un engendro, no parecer que vienes de otro planeta, porque de eso va a depender que te acepten en un sitio o en otro. Las putas apariencias que nunca me importaron me empezaron a preocupar, pese a que nunca he tenido problema de recibir la aceptación o el rechazo, más la primera que la segunda, cualquier cosa en mí estaba mal y había que cambiarlo. ¿Por qué terminé haciendo lo que todos hacen si siempre me sentí diferente? Y un día, después de toda esa transición de mí yo antiguo al de ahora, lo tiro todo por donde me da la gana y aparezco aquí, con mi camiseta de Sex Pistols, mis pantalones desgarrados con imperdibles y parches, mi pelo teñido del color de mi estado de ánimo- ahora verde- y mis botas negras. Mi apariencia bien podría ser la de “¡Alejaos, no pienso ser igual que vosotros, maricones!” y creo que el mensaje fue captado pues después de todo sólo quedó ella. Y eso me hizo pensar… Me quité de relaciones inútiles y sin sentido. Hacía tiempo que no encontraba a nadie con quien estar y empecé a dejar de buscarlo también. Me centré en lo importante. En la razón. En la persona que se había convertido en lo importante y en la razón. Y joder… en la música, el arte y la literatura también. Empecé a ser libre.
Volvimos a casa en autobús, manteniendo una absurda conversación intermitente sobre los estudios, Paramore, Yeray y lo que teníamos planeado para hacer aquella noche. Si, ella se quedaba a dormir. No lo hacía muy a menudo… Bueno, en realidad era la primera vez que venía a mi casa a pasar la noche.
Ya habíamos planeado lo que íbamos a hacer desde hace días pero nos gustaba hablar de ello.
-Entonces, vemos la película esa de miedo que me dijiste, la que copiaron los americanos de la original en tailandés…
-Shutter- le interrumpí.
-… y la vemos mientras comemos las patatas fritas que hemos comprado, ¿no?
-Eso es.
-Y después nos vamos a dormir porque yo me habré convertido en una zombie.
-Sí, más o menos como tú dices. Tal vez no deberíamos ver la película y esperar a la mañana siguiente. Tu cara de por sí con el amanecer, los pelos para arriba y un ojo abierto y otro cerrado, ya debe de dar el miedo suficiente. No sé si debería dormir contigo esta noche.- y me eché a reír, aún sabiendo que había estado esperando mucho este día.
Me echó una mirada asesina, con una pequeña sonrisa asomando.
-Sí, la que no debería de dormir contigo soy yo. Seguro que me haces perversiones esta noche… - me miró desde abajo, enarcando una ceja.
Mierda, por qué tendría que estar tan buena...
-No tengo el menor interés… ¡A saber si te duchas o no! No quiero que me pegues nada que no quiera, gracias- le sonreí y, con su cara entre sorprendida y divertida, empezó a pegarme haciéndose la ofendida.
-¿Qué?- le solté, con una sonrisa de oreja a oreja.
La lluvia golpeaba débilmente los cristales del autobús mientras éste traqueteaba y se detenía bruscamente en cada parada. Se iba vaciando poco a poco, conforme íbamos llegando a la última parada, la que más se acercaba a mi casa.
Siempre, cuando viajo en autobús, me da la sensación de que la gente me observa y piensa “lo que sea” de mí. Pero en realidad, el autobús es un buen lugar para aprender de las personas, si se observa con detenimiento. Supongo que al igual que yo observo, ellos, la gente efímera del autobús, observa. Yo, en múltiples ocasiones, cuando descubro en el autobús alguna imagen interesante, intento retenerla, memorizarla y guardarla, porque sé que nunca me volveré a topar con esa imagen.
Eso fue lo que hice, aquel día mojado de invierno, cuando al autobús subió ella.
Una chica de pelo castaño, puede que midiera tres dedos menos que yo. Vestía con pantalones vaqueros, una camiseta roja y un chaleco gris. Encima de su delicada nariz se posaban unas gafas a cuadros blancos y negros. Y cuando nuestras miradas se cruzaron, como dos bombas que se encuentran en el aire, me percaté de que detrás de esas gafas se hallaban unos ojos tan verdes como el corazón de un bosque y una mirada de una fuerza descomunal que podría detener el tiempo. Y, a decir verdad, por un momento pensé que lo había hecho.
Me mantuve impasible y observé como mordía su labio inferior con impaciencia. Se sentó cerca de mi asiento, al lado de la ventana, y apoyó su cabeza en el helado cristal.
-Pine, ¿me estás escuchando?
Volví la mirada hacia la voz que me estaba hablando. Parecía estar sorprendida pero mantenía su ceño fruncido.
-Lo siento. Vas a tener razón: estoy en mi puto mundo.
-Bueno, ya estoy acostumbrada a tus desconexiones.-bajó la voz un poco- Te has fijado en esa chica de ahí, ¿verdad?
La miré con tristeza.
Hacía como dos años que estaba enamorada de May. Ella lo sabía, por supuesto, pero ya me había dejado las cosas claras. No sentía lo mismo y, aunque ella dijera que era demasiado joven para saber lo que quería, estaba segura de que no iba a cambiar de opinión sobre mí. A ella ya le gustaba Yeray cuando yo le hablé de lo que sentía y, de alguna forma, empecé a odiarla inconscientemente, a ella y a Yeray por negar la realidad. El hecho de que quedaran ellos solos y, a veces, me incluyeran en sus planes y pasáramos las tardes juntos o como se comportaban entre ellos, como me dejaban, de algún modo, de lado, hizo que acumulara mucha rabia, que yo solía contener. Yeray me trataba como si fuera insignificante y May negaba que le gustara Yeray. Y no saber la verdad, pero verla claramente en sus acciones me hacía daño.
Cuando empezaron a salir, hace ya mucho tiempo, fue en parte un alivio. Pero entonces supe que ya no tenía nada que hacer. Vivía en otras relaciones, en otro mundo, para evadirme del dolor, para olvidarme de ella sin esfuerzo, buscando algo que me llenara. Pero todas y cada una de mis relaciones se iban a la mierda porque ella se negaba a abandonar el lugar donde había asentado su malvado castillo de Drácula en mi mente, desde dónde me iba drenando las pocas ganas de reír que me quedaban. Y cuando llegó ese momento, me cercioré de que daría mi patética vida porque apreciara todo lo pienso y siento. Todo lo que hago y podría hacer si ella quisiese. Porque daría mi penosa existencia por ella, como la gilipollas que soy, porque aunque ella lo intente, jamás lo apreciaría. Porque nunca apreció nada de lo que hice y no va a ser distinto, ni ahora ni más adelante.
-¿Qué te pasa?
Parecía preocupada pues enseguida se le borró la sonrisa de los labios. La chica del autobús reaccionó de un modo extraño. Parecía que estaba escuchando la conversación.
-Estoy bien, sólo que… Estaba pensando.
-Siempre estás pensando-me interrumpió May- y no sé nunca en qué. Nunca quieres contármelo. Desde que empecé con Yeray, me tratas diferente. Ya no me cuentas nada, parece que te da miedo que sepa lo que sientes.
“Tal vez sea eso”- pensé.
-Sabes que siempre he sido así. No soy de decir mucho lo que pienso, me es casi imposible ordenar todo en mi cabeza y ser capaz de expresarlo y que llegues a entenderlo. Pero claro, estoy hablando de forma general…
- Pine… Te echo de menos, ¿sabes? Echo de menos que sonrías.
-A veces sonreír también es imposible.
Las dos nos quedamos calladas. Las gotas de agua golpeaban los cristales y se oían bajísimos murmullos entre las personas que se acomodaban en los asientos del bus, cada uno en su pequeño mundo ajeno.
-No paso de ti.- dije, casi escupiéndolo-Sólo estoy preocupada por lo que vaya a hacer en mi cumpleaños. Las cosas son más simples de lo que parecen.-mentí y le sonreí como pude.
Me quedé en silencio, esperando una reacción, mientras miraba las manos de la extraña chica que se sentaba dos asientos al lado de mí. Sus uñas eran largas y pintadas de negro, y sus dedos mantenían el ritmo de la canción que estaba escuchando. Mire de reojo a May, me miraba dudosa y torcía la boca en una mueca, como siempre hacía cuando se ponía a pensar.
-Va, no te preocupes tanto. Todo está bien, de verdad.
Mis palabras se perdieron en el vacío autobús y me di cuenta de que sólo quedábamos nosotras tres.
-Está bien. Ya pensaremos en algo para tu cumpleaños, ¿vale? Pero anímate, que siempre vas con una cara de muerta impresionante.
-Vaya, gracias. –May y su humor “anti-depresión”. Ella sí que sabía salir bien de momentos como este. Lo arreglaba todo con una sonrisa y una pequeña burla. De esa forma… A mí me resultaba más fácil olvidarme de todo lo demás.
Ella puso los ojos en blanco y sonrió. El autobús torció a la izquierda y llegó al fin a la parada donde teníamos que bajar.
Nos incorporamos y May me cogió de la mano. Siempre lo hacía cuando pensaba que algo iba mal para darse fuerza a sí misma. Sin embargo, esta vez, lo hizo sin darse cuenta.
Me despedí con la mirada de aquella chica, que se alejaba hacia el lado contrario que nosotras. Ella pareció darse cuenta y me dedicó una sonrisa antes de desaparecer por uno de los callejones adyacentes a la calle principal. Tuve… Una sensación muy agradable y sonreí. Hacia tiempo que no sonreía así.
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