martes, 20 de marzo de 2012

La realidad


-¡Eh, eh, Pine! ¡Venga, vamos, despierta!
La luz de la ventana entraba como un cuchillo y yo permanecía con los ojos entreabiertos, intentando acostumbrar mis ojos al día. Me removí en la cama. Aunque pareciera extraño, al contrario que todas las noches desde hacía más de año y medio, me sentía bien y no me dolía nada.
-¡Pine!
-¡Hostia! –me sobresalté. Por primera vez reparé en mi hermana, que se encontraba al lado de la litera, sujetando las sábanas y manteniéndome una de sus miradas con firmeza. Esperaba mi reacción.
-Buenos días, bella durmiente. -dijo con sorna y estiró de las sábanas- Vamos a tener que lavarlas.
Se marchaba ya por la puerta, hacia la cocina, cuando se giró y me preguntó:
-¿Qué quieres desayunar?
-No sé… -pensé unos segundos y bostecé- Tostadas con mermelada irán bien.
-Vale, pero vas a tener que ayudarme porque Javier está hoy con mis suegros y no puedo hacerlo yo todo sola. Por cierto- me miró cómo siempre hacía cuando se trataba de… - May te ha llamado hace media hora diciendo que ha llegado bien a Barcelona.
-¿Cómo?
Me incorporé con rapidez sobre la cama, a riesgo de que me empezara a doler la cabeza y miré justo a mi lado. Nadie. Y me sobrevino el mareo al haberme levantado de golpe.
-¿Qué pasa?
-Nada, nada. Me acabo de acordar de una pesadilla que tuve anoche. Ahora voy y te ayudo con esas tostadas.- le sonreí.
-Pesadillas… ¿Las de siempre?
-No. Soñé que tenía un montón de cucarachas recorriéndome por encima. Un asco, vamos.- mentí, levantando el labio hacia arriba con asco.
-¡Cucarachas! Anda, ¡levántate! Parece mentira que vayas a cumplir dieciséis…
-¿Qué hora es? -la interrumpí sin miramientos.
-Son las once.
-¿Y el día?
-Hoy estamos…-miró la pantalla de su móvil-  A doce de enero… ¿A qué viene tanta pregunta? Tengo muchas cosas que hacer y además…
-Quería ver cuánto faltaba para mi cumpleaños.
Entonces, se quedó callada y me miró, sujetando las mantas con las dos manos, vestida en ese pijama rojo a rallas rosas que le había regalado Javier por Navidad.
A veces lo pienso y lo recuerdo. El gran esfuerzo que mi hermana tuvo que hacer por toda la familia para levantarla. Ella sola, con sus manos. No se lo agradezco demasiado cada día y tampoco suelo decirle que la quiero…
Ella me sonrío, con dulzura.
-Queda menos de una semana… ¿Has pensado en algo ya?
-No. Y es posible que no haga nada.
-Va, no te agobies. De todos modos, aún te queda tiempo. –dijo y después se marchó con mis sábanas por la puerta.
En cuanto se marchó, empecé a llorar. Hacía más de un año que no lloraba por nada, ni si quiera por May. Pero esta vez no lloraba porque ella no me quisiese, ni porque mi vida fuese una auténtica basura, ni porque no hubiera acabado el bachiller, ni porque mis padres hubieran muerto cuando yo sólo tenía ocho miserables años. No lloraba de felicidad, pero tampoco porque me sintiera desgraciada. Lloraba, nada más y nada menos, porque hacer el amor con ella había sido lo mejor que me había pasado. Y lo mejor que me había pasado, era sólo un maldito sueño.
Me enjugué los ojos llenos de lágrimas con la manga del pijama de guitarras eléctricas. Me levanté del todo y comencé a vestirme, cogiendo cualquier cosa que me encontraba en el armario. ¿Qué iba a hacer hoy?
Pasé por la cocina, medio desnuda, y me metí una de las tostadas en la boca mientras me ataba los cordones de las zapatillas. Entonces, mi hermana, que en ese instante fregaba  los platos, me preguntó:
-¿A dónde vas? Al final no me has ayudado a nada hoy.
-Necesito salir un rato.
-Pero, ¿no vas a llamar a May? Estará esperando que lo hagas.
Me quedé estática un segundo. Ahora no podía hablar con ella. Había sido un sueño tan real. Tan real. Aunque supiera que era un sueño, no sé porqué pero sabía que no lo era. Todo era contradictorio y no sabía muy bien qué hacer con ese sentimiento. Hacía mucho tiempo que tenía más que aceptado que nada saldría mas que amistad de la relación que tenía con May. Ya me había acostumbrado a estar colgada de ella. Ya me había acostumbrado a que ella fuese todo lo que hacía cada día, lo que pensaba y todo lo demás. Mi vida era ella, una putada, un tópico, una dependencia. Pero, de momento, era feliz así. Y nunca había soñado con ella de esa forma. Pensaba en mis manos sobre su piel, en los besos y… Todo. Todo no podía ser un sueño. Aún me temblaban las manos al recordarlo. Y no, no quería hablar con ella. No quería darme cuenta de que jamás superaré haber perdido ese pequeño control y orden en mi vida. No quería darme cuenta de que olvidar, olvidarme de ella, todavía no estaba escrito en ninguna parte. Todavía no era una de las cosas que tenía por hacer.
-No creo que la llame hoy. Tengo muchas cosas que hacer.
-Pero, Pine…
-¡Vuelvo por la tarde! –le di un beso y me marché por la puerta, bajando los escalones de dos en dos.

¿Y qué cosas tenía que hacer yo?
Para empezar, tenía que recoger mi guitarra de casa de May, que se la presté para que fuera practicando los acordes que le enseñé hace un mes. “Estoy segura de que estará llena de polvo y puesta en un rincón. Mi querida Fender”. Porque May siempre era de dejarlo todo para después, o de dejarlo sin más.

Caminaba por las humildes calles del pueblo, pensando lo diferentes que eran de las de la ciudad, más amplias y más hechas en grandes avenidas para la circulación de personas y automóviles. Más abiertas, más luminosas y más elegantes de lo que eran aquí y eso se reflejaba también en la personalidad de sus viandantes. May era una chica de ciudad, se había criado allí y sus padres, lo mismo. Su personalidad extrovertida pero sin dejar de ser delicada, su viveza a la hora de hablar pero sin ser maleducada y la luz que sus ojos hacían destellar daba pruebas de ello. Sin embargo, las calles de este pueblo eran estrechas, oscuras, poco alumbradas en la noche y humildes como las que más, eran la fácil descripción de mí misma. Me considero una persona tímida e introvertida, misteriosa pero al mismo tiempo sin nada que esconder porque igual que las calles comerciales, soy de lo más humilde y simple de lo que a primera vista se percibe.
Callejeando entre los pequeños pasillos entre casas que se estrechaban ante mí, fui llegando a casa de May que se encontraba encima de una pequeña tienda de instrumentos y artículos musicales dónde compré mi guitarra, que ahora se encontraba secuestrada en su habitación. Entré en su portal y pulsé el botón pertinente para llamar por el interlocutor a su piso, en el que enseguida una voz femenina se puso al habla:

-¿Quién?
-¡Ho…Hola Ana! Soy Pine, la amiga de May.
-Ah… Tú.-dijo la madre de May, con ese claro tono de no alegrarse de oír mi voz- ¿Qué es lo que quieres?
-Bueno… Venía a preguntarle si podría bajarme la guitarra que le presté a su hija hace unas semanas que, como se ha ido a Barcelona, me gustaría recuperarla. La necesito.
-¿La guitarra? Aquí no está.-dijo Ana con impaciencia. Quería quitarme de encima rápido para volver a sus quehaceres y a su telenovela matutina. Intenté no desesperarme y seguí educando mis palabras.
-¿Sabe dónde podría estar?
-Niña, yo no tengo ni idea de dónde está tu guitarra y tengo muchas cosas que hacer, así que…
-Yo también, -le interrumpí en su explicación innecesaria- pero necesito mi guitarra y supongo que ella le habrá dicho algo, por si venía a buscarla. Es lógico.
-Lógico, ya. –dijo mordaz, dejando unos segundos de silencio solamente para impacientarme. No parecía en absoluto que tuviera prisa- A mí me parecería más lógico que te dedicaras a tus estudios que a tocar ese trozo de madera pero, ya se sabe, que los que están enfermos de una cosa luego padecen de otra.
No estaba acabando la frase, cuando yo ya estaba a punto de mandarla a la mierda en ese mismo momento. Me hervía la sangre en las venas y las ganas de decirle muchas cosas pero, sin embargo, me contuve y le respondí con toda la tranquilidad del mundo:
-No he venido aquí a hablar de mí, ni de su “problemilla” con no aceptarse a sí misma y negar su propia condición. He venido a por mi guitarra y me gustaría que me dijese dónde está.
De fondo oí el murmullo de un “desviada asquerosa”.
-Está en casa de Yeray, el novio de mi hija.
-Sí, sé quién es. Muchas gracias.
-Desaparece, tengo cosas más importantes que hacer que hablar contigo.
-No se preocupe, me voy ya. ¡Ah, por cierto! No es “desviada”, se dice “lesbiana”. Que tenga un buen día.-dicho esto me fui mientras oía como colgaba su telefonillo con violencia. Eso hizo que se me escapara una sonrisa.

No me apetecía tener que verle la cara a Yeray y justamente hoy. Lo dos compartíamos un odio mutuo que era difícil de disimular. ¿Qué cojones hacía mi guitarra en su casa? ¿El tonto este le habría estado dando clase? Sea como sea, quería recuperarla, y ahora más sabiendo que se encontraba en sus manos. Que mal me caía, joder.
Llegué a su portal, que se encontraba enfrente de uno de los parques principales del pueblo, ya que este guardaba en su interior un reloj de sol que era bastante significativo. Hoy seguía nublado con lo cual la sombra de este no marcaba la hora que debía. Miré en mi móvil y aún eran las once de la mañana. No estaba muy segura de si Yeray estaría despierto aunque era mejor si no lo estaba, sería reconfortante poder despertarlo y joderle un poco, para variar. En cambio, cuando toqué a su timbre, respondió casi enseguida:
-¿Yeray?
-Sí, ¿qué quieres?-contestó secamente al percatarse de quién era. Su voz estaba algo cargada y ronca y de fondo se escuchaba Sex Pistols a todo volumen.
-¿Tienes mi guitarra? Creo que May se la dejó aquí, ¿me la puedes dar?
-Espera.
El tiempo se quedó callado unos segundos. La música continuaba de fondo. Al poco, se escucharon unos pasos acercarse con rapidez de nuevo al teléfono.
-Sí, está aquí. ¿Te la tiro por la ventana?
-Estaría mejor si bajaras y me la dieras, que vengo a por ella entera.
-Que quejica. No, no voy a bajar. Sube tú y la coges. –lo dijo, como si, efectivamente, le importara poco lo que hiciera.
-Que remedio. Ábreme, idiota.
Se oyó un sonido vibrante, que hizo que la puerta se abriese. Entré en el sucio y viejo portal, provisto de unos buzones marrones y plateados, de metal, que estaban a un lado de la puerta. Subí por los escalones hasta el tercer piso, encontrándome la puerta entornada y un olor a hierba colándose por ella. Entré sin muchas ganas ni de hacerlo, ni de verle la cara de gilipollas fumado de siempre y me dirigí a su habitación, que estaba a dos pasos de la entrada, cerrando la puerta detrás de mí. Estaba sentado a la mesa del ordenador, parecía estar leyendo algo o releyéndolo, pero no tenía muy buena cara. Vi mi guitarra encima de su cama y me acerqué a ella, cogiéndola por el mástil. Lo miré y no me prestaba la más mínima atención. Desde allí podía ver algunas palabras de lo que leía, se trataba de un e-mail.
-¿Qué lees? –me puse de puntillas para ver por encima de su hombro. Ya que estaba allí, ¿por qué no curiosear un poco?
Yeray se giró bruscamente, apartándome con una mano y haciendo que perdiera el equilibrio y me sentara en la cama. Pero él no pudo evitar que leyera el destinatario del correo: May.
-Puta, no leas. No te importa.
-¿Has hablado con ella?
-¿Qué más te da? No eres su novia.
-Y a juzgar por tu cara, ahora tú tampoco. –sus pequeños ojillos se empequeñecieron aún más tras las gafas, volviéndose a fijar en la pantalla.
-Ya tienes tu ukelele. Vete.
-Te ha dejado, ¿no?
Se dio la vuelta hacia mí, clavando sus ojos de mis bambas a mi cara, y viceversa.
-Me llamó ayer.
-Vaya… -miré al suelo. Sin saber porque no era capaz de mantenerle la mirada.
-Tú lo sabías, ¿verdad?
-¿Que te iba a dejar? Por muy gilipollas que me parezcas, no, no lo sabía. Parecíais ser una pareja feliz como una perdiz.
-¿Eres tan agradable siempre?
-No. Esta es mi manera especial de apreciarte. De todas maneras, me parece muy raro. A mí no me dijo nada de nada. Puede que la distancia le haya agobiado.
-No sé… Parecía muy segura de sí misma.
-Habrá conocido a otro.
Su mirada se endureció y yo misma sentí una cierta punzada de recelo.
-O… puede que no. Tal vez sólo necesite un tiempo –dije al final, siendo algo compasiva.
-Yo qué sé.
Hubo unos segundos de silencio, que me permití el lujo de romper con una pregunta que ni yo me esperaba de mí.
-Y… ¿cómo estás?
Se quedó como pensativo un segundo antes de responderme.
-Y… ¿qué cojones te importa?
-Yo qué sé. Es por pasar el rato y entretenerme.
-Pues vaya diversión. ¿Por qué no te preocupas de ti misma y dejas a las personas en paz?
-Si yo las dejo en paz. Yo sólo te preguntaba, tío. Puedes responder o no hacerlo y me piro de aquí para dejarte tranquilo y que te hinches a porros y a soledad.
-Qué dramático te ha quedado.
-Lo sé, soy toda una artista para estas cosas.
Intercambiamos una mirada y nos empezamos a reír. Me miró curioso, arqueando una ceja. Sus pupilas, dilatadas, me miraban intrigadas. Me sentí incómoda al momento, pero él invadió el silencio con una respuesta esperada.
-Jodido, en resumen.
-Ya… -le miré. No quedaba duda alguna de que lo estaba. Parecía no haber dormido bien, si quiera. –Lo superarás.
-¡Oh, vaya! ¡Qué nuevo mundo me acabas de descubrir!
-Sólo te digo lo que pienso, cara barril. Yo lo hice, supongo que un inútil como tú también podrá.
-No es tan fácil…
-Yo no he dicho que lo sea –y clavé mis ojos en sus iris grisáceos. Y seguía sin serlo y más después de ese sueño que rondaba todo el rato en mi cabeza. Ese sueño que había abierto heridas que estaban a punto de cerrarse.
-Sólo eres una niñata. No sabes nada de estas cosas.
Le miré con desprecio. Cogí mi guitarra y estaba dispuesta a irme cuando me dijo:
-¿Te vas a enfadar?
-No. Me das igual, Yeray. Que ella te haya dejado es un buen indicio de que ha empezado a verte igual de gilipollas de lo que te veo yo. Sigue emporrándote y viviendo en tu agujero y en ti mismo. Sigue escondiéndote de la vida y de ti. Mientras tanto, ella se irá con alguien mejor que tú y, sinceramente, es lo que se merece.
Me levanté de la cama como si me hubiera sentado sobre un muelle y me acerqué a la puerta. Cuando ya me iba a marchar, le miré y estaba con ambas manos sobre la cara, apoyado en sus rodillas. Por lo que sé, nunca dejaba a nadie que le viera así. Me sentí fuera de lugar, sólo quería irme. Me giré dispuesta a salir corriendo por la puerta.
-Ella… Me dijo que había cambiado. Que me quería y que no quería hacerme daño, pero que ella no quería esto. No necesitaba esto.
Me quedé parada, en el rellano. Y volví sobre mis pasos al marco de la puerta de su habitación.
-Claro que no necesita esto. Ella necesita a alguien que la valore.
-Yo la quiero y no te atrevas a decir que no la respeto.
-Pues ella parece no opinar lo mismo.
Había levantado la vista para mirarme. Llevaba las gafas en una mano, tenía los ojos enrojecidos y brillantes y dos arrugas aparecían en su frente cuando arqueaba las cejas, mirándome con impotencia.
-La he tratado como he podido.
-Si yo hubiera tenido un cuarto de la oportunidad que has tenido tú con ella, no sólo hubiera hecho lo que hubiera podido. Tirarte el día en esta habitación, escuchando música, poniéndote hasta el culo de hierba y no dando ni un poco de ti, no es precisamente tratar. Solamente la atraías a tu mundo. Nunca te has preocupado por entender el suyo.
Un gran eco de esas palabras se prolongó por la habitación, incluso por encima de la alta música. Antes de desaparecer por la puerta, le dije casi escupiéndolo:
-Y, si se ha ido a Barcelona, no ha sido sólo por estudiar si no también para escapar del mundo en el que la tenías atrapada.

Cerré la puerta tras de mí, acallando las palabras de la canción de Limp Bizkit que intentaba sobrevivir por encima del efecto aislante de las paredes desgastadas del edificio. Y con mi guitarra ya a salvo, en mis manos.

Sueño

Siempre me ha gustado Saturno. Ese planeta rodeado de anillos hechos de polvo cósmico y meteoritos. Me sorprendía como la gravedad de ese planeta hacía que las pequeñas partículas de los anillos se mantuvieran en un orden perfecto, siguiendo sus movimientos de rotación, sin que se perdiera ni un poco de esa mágica sustancia de la que estaba formado. También me gustaba porque era de un color verde, más bien celeste, y su temperatura normal estaba muy por debajo de los cero grados, lo que lo hacía más atractivo y misterioso a mis ojos. Porque todo lo frío me gustaba.


Pero aquella noche me gustaba May. Un cuerpo cálido.


Deslicé todas las veces que pude recordar, mis brazos sobre su piel, rodeándola con mis piernas, siendo sus anillos. Ella me besaba, me deshacía, me descomponía; fraccionaba cada centímetro de mi piel con su lengua y su tacto chispeante, como descargas eléctricas, convirtiéndome en pequeñas partículas de un cuerpo que ya no era el mío. Pues yo ahora estaba en cada lugar donde ella posaba una de sus ardientes superficies, sumiéndome en el placer, rozando la inconsciencia, deleitándome con su nueva existencia sobre mí. Por un momento pensé que nos encontrábamos en el solitario universo, rodeadas de la nada, a millones de años luz de la tierra, dónde nadie pudiera juzgarnos. Pues yo la rodeaba, la protegía, yo era el polvo cósmico atraído por su gravedad. Porque pese a la calidez de su alma, ella era mi Saturno.






"Esa estrella nos sigue para cuidarte".