Siempre me ha gustado Saturno. Ese planeta rodeado de anillos hechos de polvo cósmico y meteoritos. Me sorprendía como la gravedad de ese planeta hacía que las pequeñas partículas de los anillos se mantuvieran en un orden perfecto, siguiendo sus movimientos de rotación, sin que se perdiera ni un poco de esa mágica sustancia de la que estaba formado. También me gustaba porque era de un color verde, más bien celeste, y su temperatura normal estaba muy por debajo de los cero grados, lo que lo hacía más atractivo y misterioso a mis ojos. Porque todo lo frío me gustaba.
Pero aquella noche me gustaba May. Un cuerpo cálido.
Deslicé todas las veces que pude recordar, mis brazos sobre su piel, rodeándola con mis piernas, siendo sus anillos. Ella me besaba, me deshacía, me descomponía; fraccionaba cada centímetro de mi piel con su lengua y su tacto chispeante, como descargas eléctricas, convirtiéndome en pequeñas partículas de un cuerpo que ya no era el mío. Pues yo ahora estaba en cada lugar donde ella posaba una de sus ardientes superficies, sumiéndome en el placer, rozando la inconsciencia, deleitándome con su nueva existencia sobre mí. Por un momento pensé que nos encontrábamos en el solitario universo, rodeadas de la nada, a millones de años luz de la tierra, dónde nadie pudiera juzgarnos. Pues yo la rodeaba, la protegía, yo era el polvo cósmico atraído por su gravedad. Porque pese a la calidez de su alma, ella era mi Saturno.
"Esa estrella nos sigue para cuidarte".
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