martes, 20 de marzo de 2012

La realidad


-¡Eh, eh, Pine! ¡Venga, vamos, despierta!
La luz de la ventana entraba como un cuchillo y yo permanecía con los ojos entreabiertos, intentando acostumbrar mis ojos al día. Me removí en la cama. Aunque pareciera extraño, al contrario que todas las noches desde hacía más de año y medio, me sentía bien y no me dolía nada.
-¡Pine!
-¡Hostia! –me sobresalté. Por primera vez reparé en mi hermana, que se encontraba al lado de la litera, sujetando las sábanas y manteniéndome una de sus miradas con firmeza. Esperaba mi reacción.
-Buenos días, bella durmiente. -dijo con sorna y estiró de las sábanas- Vamos a tener que lavarlas.
Se marchaba ya por la puerta, hacia la cocina, cuando se giró y me preguntó:
-¿Qué quieres desayunar?
-No sé… -pensé unos segundos y bostecé- Tostadas con mermelada irán bien.
-Vale, pero vas a tener que ayudarme porque Javier está hoy con mis suegros y no puedo hacerlo yo todo sola. Por cierto- me miró cómo siempre hacía cuando se trataba de… - May te ha llamado hace media hora diciendo que ha llegado bien a Barcelona.
-¿Cómo?
Me incorporé con rapidez sobre la cama, a riesgo de que me empezara a doler la cabeza y miré justo a mi lado. Nadie. Y me sobrevino el mareo al haberme levantado de golpe.
-¿Qué pasa?
-Nada, nada. Me acabo de acordar de una pesadilla que tuve anoche. Ahora voy y te ayudo con esas tostadas.- le sonreí.
-Pesadillas… ¿Las de siempre?
-No. Soñé que tenía un montón de cucarachas recorriéndome por encima. Un asco, vamos.- mentí, levantando el labio hacia arriba con asco.
-¡Cucarachas! Anda, ¡levántate! Parece mentira que vayas a cumplir dieciséis…
-¿Qué hora es? -la interrumpí sin miramientos.
-Son las once.
-¿Y el día?
-Hoy estamos…-miró la pantalla de su móvil-  A doce de enero… ¿A qué viene tanta pregunta? Tengo muchas cosas que hacer y además…
-Quería ver cuánto faltaba para mi cumpleaños.
Entonces, se quedó callada y me miró, sujetando las mantas con las dos manos, vestida en ese pijama rojo a rallas rosas que le había regalado Javier por Navidad.
A veces lo pienso y lo recuerdo. El gran esfuerzo que mi hermana tuvo que hacer por toda la familia para levantarla. Ella sola, con sus manos. No se lo agradezco demasiado cada día y tampoco suelo decirle que la quiero…
Ella me sonrío, con dulzura.
-Queda menos de una semana… ¿Has pensado en algo ya?
-No. Y es posible que no haga nada.
-Va, no te agobies. De todos modos, aún te queda tiempo. –dijo y después se marchó con mis sábanas por la puerta.
En cuanto se marchó, empecé a llorar. Hacía más de un año que no lloraba por nada, ni si quiera por May. Pero esta vez no lloraba porque ella no me quisiese, ni porque mi vida fuese una auténtica basura, ni porque no hubiera acabado el bachiller, ni porque mis padres hubieran muerto cuando yo sólo tenía ocho miserables años. No lloraba de felicidad, pero tampoco porque me sintiera desgraciada. Lloraba, nada más y nada menos, porque hacer el amor con ella había sido lo mejor que me había pasado. Y lo mejor que me había pasado, era sólo un maldito sueño.
Me enjugué los ojos llenos de lágrimas con la manga del pijama de guitarras eléctricas. Me levanté del todo y comencé a vestirme, cogiendo cualquier cosa que me encontraba en el armario. ¿Qué iba a hacer hoy?
Pasé por la cocina, medio desnuda, y me metí una de las tostadas en la boca mientras me ataba los cordones de las zapatillas. Entonces, mi hermana, que en ese instante fregaba  los platos, me preguntó:
-¿A dónde vas? Al final no me has ayudado a nada hoy.
-Necesito salir un rato.
-Pero, ¿no vas a llamar a May? Estará esperando que lo hagas.
Me quedé estática un segundo. Ahora no podía hablar con ella. Había sido un sueño tan real. Tan real. Aunque supiera que era un sueño, no sé porqué pero sabía que no lo era. Todo era contradictorio y no sabía muy bien qué hacer con ese sentimiento. Hacía mucho tiempo que tenía más que aceptado que nada saldría mas que amistad de la relación que tenía con May. Ya me había acostumbrado a estar colgada de ella. Ya me había acostumbrado a que ella fuese todo lo que hacía cada día, lo que pensaba y todo lo demás. Mi vida era ella, una putada, un tópico, una dependencia. Pero, de momento, era feliz así. Y nunca había soñado con ella de esa forma. Pensaba en mis manos sobre su piel, en los besos y… Todo. Todo no podía ser un sueño. Aún me temblaban las manos al recordarlo. Y no, no quería hablar con ella. No quería darme cuenta de que jamás superaré haber perdido ese pequeño control y orden en mi vida. No quería darme cuenta de que olvidar, olvidarme de ella, todavía no estaba escrito en ninguna parte. Todavía no era una de las cosas que tenía por hacer.
-No creo que la llame hoy. Tengo muchas cosas que hacer.
-Pero, Pine…
-¡Vuelvo por la tarde! –le di un beso y me marché por la puerta, bajando los escalones de dos en dos.

¿Y qué cosas tenía que hacer yo?
Para empezar, tenía que recoger mi guitarra de casa de May, que se la presté para que fuera practicando los acordes que le enseñé hace un mes. “Estoy segura de que estará llena de polvo y puesta en un rincón. Mi querida Fender”. Porque May siempre era de dejarlo todo para después, o de dejarlo sin más.

Caminaba por las humildes calles del pueblo, pensando lo diferentes que eran de las de la ciudad, más amplias y más hechas en grandes avenidas para la circulación de personas y automóviles. Más abiertas, más luminosas y más elegantes de lo que eran aquí y eso se reflejaba también en la personalidad de sus viandantes. May era una chica de ciudad, se había criado allí y sus padres, lo mismo. Su personalidad extrovertida pero sin dejar de ser delicada, su viveza a la hora de hablar pero sin ser maleducada y la luz que sus ojos hacían destellar daba pruebas de ello. Sin embargo, las calles de este pueblo eran estrechas, oscuras, poco alumbradas en la noche y humildes como las que más, eran la fácil descripción de mí misma. Me considero una persona tímida e introvertida, misteriosa pero al mismo tiempo sin nada que esconder porque igual que las calles comerciales, soy de lo más humilde y simple de lo que a primera vista se percibe.
Callejeando entre los pequeños pasillos entre casas que se estrechaban ante mí, fui llegando a casa de May que se encontraba encima de una pequeña tienda de instrumentos y artículos musicales dónde compré mi guitarra, que ahora se encontraba secuestrada en su habitación. Entré en su portal y pulsé el botón pertinente para llamar por el interlocutor a su piso, en el que enseguida una voz femenina se puso al habla:

-¿Quién?
-¡Ho…Hola Ana! Soy Pine, la amiga de May.
-Ah… Tú.-dijo la madre de May, con ese claro tono de no alegrarse de oír mi voz- ¿Qué es lo que quieres?
-Bueno… Venía a preguntarle si podría bajarme la guitarra que le presté a su hija hace unas semanas que, como se ha ido a Barcelona, me gustaría recuperarla. La necesito.
-¿La guitarra? Aquí no está.-dijo Ana con impaciencia. Quería quitarme de encima rápido para volver a sus quehaceres y a su telenovela matutina. Intenté no desesperarme y seguí educando mis palabras.
-¿Sabe dónde podría estar?
-Niña, yo no tengo ni idea de dónde está tu guitarra y tengo muchas cosas que hacer, así que…
-Yo también, -le interrumpí en su explicación innecesaria- pero necesito mi guitarra y supongo que ella le habrá dicho algo, por si venía a buscarla. Es lógico.
-Lógico, ya. –dijo mordaz, dejando unos segundos de silencio solamente para impacientarme. No parecía en absoluto que tuviera prisa- A mí me parecería más lógico que te dedicaras a tus estudios que a tocar ese trozo de madera pero, ya se sabe, que los que están enfermos de una cosa luego padecen de otra.
No estaba acabando la frase, cuando yo ya estaba a punto de mandarla a la mierda en ese mismo momento. Me hervía la sangre en las venas y las ganas de decirle muchas cosas pero, sin embargo, me contuve y le respondí con toda la tranquilidad del mundo:
-No he venido aquí a hablar de mí, ni de su “problemilla” con no aceptarse a sí misma y negar su propia condición. He venido a por mi guitarra y me gustaría que me dijese dónde está.
De fondo oí el murmullo de un “desviada asquerosa”.
-Está en casa de Yeray, el novio de mi hija.
-Sí, sé quién es. Muchas gracias.
-Desaparece, tengo cosas más importantes que hacer que hablar contigo.
-No se preocupe, me voy ya. ¡Ah, por cierto! No es “desviada”, se dice “lesbiana”. Que tenga un buen día.-dicho esto me fui mientras oía como colgaba su telefonillo con violencia. Eso hizo que se me escapara una sonrisa.

No me apetecía tener que verle la cara a Yeray y justamente hoy. Lo dos compartíamos un odio mutuo que era difícil de disimular. ¿Qué cojones hacía mi guitarra en su casa? ¿El tonto este le habría estado dando clase? Sea como sea, quería recuperarla, y ahora más sabiendo que se encontraba en sus manos. Que mal me caía, joder.
Llegué a su portal, que se encontraba enfrente de uno de los parques principales del pueblo, ya que este guardaba en su interior un reloj de sol que era bastante significativo. Hoy seguía nublado con lo cual la sombra de este no marcaba la hora que debía. Miré en mi móvil y aún eran las once de la mañana. No estaba muy segura de si Yeray estaría despierto aunque era mejor si no lo estaba, sería reconfortante poder despertarlo y joderle un poco, para variar. En cambio, cuando toqué a su timbre, respondió casi enseguida:
-¿Yeray?
-Sí, ¿qué quieres?-contestó secamente al percatarse de quién era. Su voz estaba algo cargada y ronca y de fondo se escuchaba Sex Pistols a todo volumen.
-¿Tienes mi guitarra? Creo que May se la dejó aquí, ¿me la puedes dar?
-Espera.
El tiempo se quedó callado unos segundos. La música continuaba de fondo. Al poco, se escucharon unos pasos acercarse con rapidez de nuevo al teléfono.
-Sí, está aquí. ¿Te la tiro por la ventana?
-Estaría mejor si bajaras y me la dieras, que vengo a por ella entera.
-Que quejica. No, no voy a bajar. Sube tú y la coges. –lo dijo, como si, efectivamente, le importara poco lo que hiciera.
-Que remedio. Ábreme, idiota.
Se oyó un sonido vibrante, que hizo que la puerta se abriese. Entré en el sucio y viejo portal, provisto de unos buzones marrones y plateados, de metal, que estaban a un lado de la puerta. Subí por los escalones hasta el tercer piso, encontrándome la puerta entornada y un olor a hierba colándose por ella. Entré sin muchas ganas ni de hacerlo, ni de verle la cara de gilipollas fumado de siempre y me dirigí a su habitación, que estaba a dos pasos de la entrada, cerrando la puerta detrás de mí. Estaba sentado a la mesa del ordenador, parecía estar leyendo algo o releyéndolo, pero no tenía muy buena cara. Vi mi guitarra encima de su cama y me acerqué a ella, cogiéndola por el mástil. Lo miré y no me prestaba la más mínima atención. Desde allí podía ver algunas palabras de lo que leía, se trataba de un e-mail.
-¿Qué lees? –me puse de puntillas para ver por encima de su hombro. Ya que estaba allí, ¿por qué no curiosear un poco?
Yeray se giró bruscamente, apartándome con una mano y haciendo que perdiera el equilibrio y me sentara en la cama. Pero él no pudo evitar que leyera el destinatario del correo: May.
-Puta, no leas. No te importa.
-¿Has hablado con ella?
-¿Qué más te da? No eres su novia.
-Y a juzgar por tu cara, ahora tú tampoco. –sus pequeños ojillos se empequeñecieron aún más tras las gafas, volviéndose a fijar en la pantalla.
-Ya tienes tu ukelele. Vete.
-Te ha dejado, ¿no?
Se dio la vuelta hacia mí, clavando sus ojos de mis bambas a mi cara, y viceversa.
-Me llamó ayer.
-Vaya… -miré al suelo. Sin saber porque no era capaz de mantenerle la mirada.
-Tú lo sabías, ¿verdad?
-¿Que te iba a dejar? Por muy gilipollas que me parezcas, no, no lo sabía. Parecíais ser una pareja feliz como una perdiz.
-¿Eres tan agradable siempre?
-No. Esta es mi manera especial de apreciarte. De todas maneras, me parece muy raro. A mí no me dijo nada de nada. Puede que la distancia le haya agobiado.
-No sé… Parecía muy segura de sí misma.
-Habrá conocido a otro.
Su mirada se endureció y yo misma sentí una cierta punzada de recelo.
-O… puede que no. Tal vez sólo necesite un tiempo –dije al final, siendo algo compasiva.
-Yo qué sé.
Hubo unos segundos de silencio, que me permití el lujo de romper con una pregunta que ni yo me esperaba de mí.
-Y… ¿cómo estás?
Se quedó como pensativo un segundo antes de responderme.
-Y… ¿qué cojones te importa?
-Yo qué sé. Es por pasar el rato y entretenerme.
-Pues vaya diversión. ¿Por qué no te preocupas de ti misma y dejas a las personas en paz?
-Si yo las dejo en paz. Yo sólo te preguntaba, tío. Puedes responder o no hacerlo y me piro de aquí para dejarte tranquilo y que te hinches a porros y a soledad.
-Qué dramático te ha quedado.
-Lo sé, soy toda una artista para estas cosas.
Intercambiamos una mirada y nos empezamos a reír. Me miró curioso, arqueando una ceja. Sus pupilas, dilatadas, me miraban intrigadas. Me sentí incómoda al momento, pero él invadió el silencio con una respuesta esperada.
-Jodido, en resumen.
-Ya… -le miré. No quedaba duda alguna de que lo estaba. Parecía no haber dormido bien, si quiera. –Lo superarás.
-¡Oh, vaya! ¡Qué nuevo mundo me acabas de descubrir!
-Sólo te digo lo que pienso, cara barril. Yo lo hice, supongo que un inútil como tú también podrá.
-No es tan fácil…
-Yo no he dicho que lo sea –y clavé mis ojos en sus iris grisáceos. Y seguía sin serlo y más después de ese sueño que rondaba todo el rato en mi cabeza. Ese sueño que había abierto heridas que estaban a punto de cerrarse.
-Sólo eres una niñata. No sabes nada de estas cosas.
Le miré con desprecio. Cogí mi guitarra y estaba dispuesta a irme cuando me dijo:
-¿Te vas a enfadar?
-No. Me das igual, Yeray. Que ella te haya dejado es un buen indicio de que ha empezado a verte igual de gilipollas de lo que te veo yo. Sigue emporrándote y viviendo en tu agujero y en ti mismo. Sigue escondiéndote de la vida y de ti. Mientras tanto, ella se irá con alguien mejor que tú y, sinceramente, es lo que se merece.
Me levanté de la cama como si me hubiera sentado sobre un muelle y me acerqué a la puerta. Cuando ya me iba a marchar, le miré y estaba con ambas manos sobre la cara, apoyado en sus rodillas. Por lo que sé, nunca dejaba a nadie que le viera así. Me sentí fuera de lugar, sólo quería irme. Me giré dispuesta a salir corriendo por la puerta.
-Ella… Me dijo que había cambiado. Que me quería y que no quería hacerme daño, pero que ella no quería esto. No necesitaba esto.
Me quedé parada, en el rellano. Y volví sobre mis pasos al marco de la puerta de su habitación.
-Claro que no necesita esto. Ella necesita a alguien que la valore.
-Yo la quiero y no te atrevas a decir que no la respeto.
-Pues ella parece no opinar lo mismo.
Había levantado la vista para mirarme. Llevaba las gafas en una mano, tenía los ojos enrojecidos y brillantes y dos arrugas aparecían en su frente cuando arqueaba las cejas, mirándome con impotencia.
-La he tratado como he podido.
-Si yo hubiera tenido un cuarto de la oportunidad que has tenido tú con ella, no sólo hubiera hecho lo que hubiera podido. Tirarte el día en esta habitación, escuchando música, poniéndote hasta el culo de hierba y no dando ni un poco de ti, no es precisamente tratar. Solamente la atraías a tu mundo. Nunca te has preocupado por entender el suyo.
Un gran eco de esas palabras se prolongó por la habitación, incluso por encima de la alta música. Antes de desaparecer por la puerta, le dije casi escupiéndolo:
-Y, si se ha ido a Barcelona, no ha sido sólo por estudiar si no también para escapar del mundo en el que la tenías atrapada.

Cerré la puerta tras de mí, acallando las palabras de la canción de Limp Bizkit que intentaba sobrevivir por encima del efecto aislante de las paredes desgastadas del edificio. Y con mi guitarra ya a salvo, en mis manos.

Sueño

Siempre me ha gustado Saturno. Ese planeta rodeado de anillos hechos de polvo cósmico y meteoritos. Me sorprendía como la gravedad de ese planeta hacía que las pequeñas partículas de los anillos se mantuvieran en un orden perfecto, siguiendo sus movimientos de rotación, sin que se perdiera ni un poco de esa mágica sustancia de la que estaba formado. También me gustaba porque era de un color verde, más bien celeste, y su temperatura normal estaba muy por debajo de los cero grados, lo que lo hacía más atractivo y misterioso a mis ojos. Porque todo lo frío me gustaba.


Pero aquella noche me gustaba May. Un cuerpo cálido.


Deslicé todas las veces que pude recordar, mis brazos sobre su piel, rodeándola con mis piernas, siendo sus anillos. Ella me besaba, me deshacía, me descomponía; fraccionaba cada centímetro de mi piel con su lengua y su tacto chispeante, como descargas eléctricas, convirtiéndome en pequeñas partículas de un cuerpo que ya no era el mío. Pues yo ahora estaba en cada lugar donde ella posaba una de sus ardientes superficies, sumiéndome en el placer, rozando la inconsciencia, deleitándome con su nueva existencia sobre mí. Por un momento pensé que nos encontrábamos en el solitario universo, rodeadas de la nada, a millones de años luz de la tierra, dónde nadie pudiera juzgarnos. Pues yo la rodeaba, la protegía, yo era el polvo cósmico atraído por su gravedad. Porque pese a la calidez de su alma, ella era mi Saturno.






"Esa estrella nos sigue para cuidarte".

jueves, 26 de mayo de 2011

Calor

En el aire flotaba el ruidoso frotar de las ruedas del coche en el asfalto y la velocidad le hacía cortar el aire. El cielo estaba precioso y despejado, pues se veían las estrellas.
“¿Por qué nos sigue esa estrella?”
Aquella mujer sonreía y se giraba hacía mí desde el asiento delantero. Su mirada era tan cálida pero, en cambio, noté frío en mis brazos y mis piernas.
“Esa estrella nos sigue para cuidarte”
El carraspeo. Su sonrisa se giró hacia mí, sus labios se movieron. ¿Qué decía? Era un hombre joven y sus ojos me querían y me miraban con dulzura. ¿Qué dijo? No lo recuerdo, está tan borroso. Noto que algo húmedo resbala por mis mejillas y mi vista se nubla. Una luz cegadora inunda el coche y, sin saber qué estaba ocurriendo, la oscuridad se cierne sobre mí. Un sonido metálico, el grito histérico e la mujer de la mirada cálida. Cristales rotos. Golpes, golpes, golpes. Un estruendoso ruido hace que mis oídos estallen y me desoriento. ¿Dónde estoy? Por mi cara resbalan lágrimas.
En un acto reflejo, cierro mis ojos. Me dispongo a abrirlos…

Sangre.

-¡Pine, despierta!
Un último grito resonó por mi habitación y se reprodujo en un pequeño eco. Estaba en mi cama, cubierta de sudor y lágrimas, el pelo mojado pegado a mi cara. Tenía un sabor metálico en la boca.
-Pine…
May se encontraba a mi lado y ya empecé a tranquilizarme. La miré y vi que estaba llorando y que me tenía abrazada contra ella. Estoy en casa, era una puta pesadilla.
-Joder… ¡Estás sangrando!
Le temblaban los brazos.
-He gritado demasiado, ¿verdad?- dije, incorporándome. Me dolía la cabeza.- Eh… Olvídalo. Y no llores que pareces boba. Ha sido solo una pesadilla.
-Te has mordido, Pine. Te sangra el labio.
Entendí el sabor metálico. Me levanté de la cama para ir al baño. Mi hermana no había vuelto. “Menudas fiestas se pega esta mujer”-pensé. Encendí al luz y me miré al espejo, contemplando mi somnolienta imagen en él. El labio estaba hinchándose y ya no sangraba demasiado pues la sangre se iba coagulando dentro de mi boca. Escupí y me enjuagué la boca con agua. Me apoyé con el brazo en el grifo y hundí mi frente en él, recordando el sueño. La mirada de aquella mujer. Mi madre.
- Me asustaste, ¿sabes?
May se apoyaba en el marco de la puerta. Aún temblaba. Escupí de nuevo y me tiré agua a la cara, intentando quitar todo rastro de lágrimas, sudor y sueño.
-Lo siento, pero yo no controlo lo que sueño.
-Ya, ya lo sé. Pero igualmente… Me has asustado. Empezaste a llorar y a gritar y te mordiste el labio, ya ves como lo tienes…

Dejé de secarme la cara con la toalla un instante y la miré. Miraba sus manos, que estaban hacia arriba, temblando y toda su cara, sus sesenta pecas no alegraban su expresión. Estaba consternada.
Me acerqué a ella y la abracé.
-¿Qué coño has soñado?-dijo medio gritando, medio susurrando, aunque parezca increíble.

Me perdía en su olor, dulce, com0 las flores que florecen en verano y dan a la noche ese toque fresco. Un olor como a helado de fresa.

-Mis padres.
-Lo siento, Pine.

Pasé mis brazos por encima de sus hombros y me quedé a escasos centímetros de ella, mirándola en la oscuridad. Apoyé delicadamente mi frente contra la suya y rocé mi nariz con su nariz.
-No importa.- dije y sonreí tristemente en silencio.
-Debe… Debe haber sido horrible.

Me apretó más contra su cuerpo, tanto que empecé a notar los huesos de su pelvis contra mi vientre. La miré y me puse a observar sus movimientos. ¿Qué pretendía? Entonces me di cuenta de que May tenía los ojos cerrados y que tan sólo esperaba.

-Si…-respondí con tranquilidad, aunque temía que May pudiese escuchar el concierto de tambor africano que se desarrollaba en mi pecho.- La verdad es que esta ha sido la peor de todas. Suelo tener este tipo de pesadillas… Siempre me pregunto por qué…- su boca cada vez estaba más entreabierta- No creo que pueda dormir esta noche…-lo dije y conforme lo dije empecé a acercar mi boca  a la suya, lentamente, para que no se diese cuenta aunque sabía que eso era improbable.
-Yo tampoco creo que pueda dormir… Quiero estar atenta por si te vuelve a pasar.-cogió aire y suspiró en mi nariz- No quiero que sufras…

A punto de rozarla, me detuve.

Hace unos tres años, conocí a una chica que se llamaba Claudia. Ella lo estaba pasando bastante mal y (no sé por qué me atraen ese tipo de situaciones) empecé a juntarme con ella. Su perro tenía un problema de estómago bastante grave, por eso la chica estaba en un momento difícil ya que el tiempo de vida del animal se traducía en poco menos de una semana.
Una tarde de esa semana, estaba en su casa como siempre cuando oímos que algo se desplomaba en el suelo de su cocina. Fuimos corriendo y, efectivamente, a los pies de una caja de cereales azucarados, se encontraba su perro. Eso me hizo pensar después, que sufrimos por aquello que podemos probar pero, aún sabiendo de las consecuencias, lo pruebas porque prefieres acabar con todo a seguir sufriendo. Porque sufrir es torturarse y es más fácil haber conseguido lo que querías aunque eso conllevara un sufrimiento mayor.

-No quiero hacerte daño, Pine- susurró en un suspiro, con los ojos cerrados. Su aliento me acarició la barbilla y pude saborear lo dulce que era.
La miré sin expresión.
Retiré mi cara y mi cuerpo de ella, no bruscamente pero decidida. Sabía que eso significaba un no y que esa oportunidad había llegado a su fin. Ella no volvería a bajar la guardia, no permitiría que volviese a pasar. Porque sabía que me haría daño.

-Vamos a dormir.- miré mi reloj y bostecé inconscientemente- Son las tres de la madrugada. Quiero al menos intentar dormir un poco.

Abrió sus ojos, me miró unos segundos y, como si le hubieran dado un pequeño empujón, me besó.

Me besó.



martes, 24 de mayo de 2011

Bosque



La música es la única manera de evadirse de un mundo que no deseé y que se creó sólo.

“The place where love grew too old,
Too old and broken to appraise.”

Nunca he tenido problemas para relacionarme con las personas de mi entorno. Aunque, he de reconocer que desde bien niña me independicé demasiado de mis compañeros de clase, hasta el punto de pasar mis horas libres leyendo, escribiendo o dibujando. Todo lo que fuera creativo y avivara mi imaginación. Nunca he sentido la necesidad de tener un grupo de amigos, de jugar a las barbies, de quedar para hacer trabajos de clase con nadie pues siempre los hacía yo sola y siempre aprobaba sin problemas. Sin embargo ahora, a punto de cumplir dieciséis, con una carrera sentimental que deja lastre en mí, puedo decir claramente que las relaciones entre personas importan y son necesarias. Ya no vale eso de dejar que el mundo viva y recuerde, se mueva a tu alrededor, sin pertenecer realmente a él. Ahora tienes que preocuparte por salir por esa puerta y no parecer un engendro, no parecer que vienes de otro planeta, porque de eso va a depender que te acepten en un sitio o en otro. Las putas apariencias que nunca me importaron  me empezaron a preocupar, pese a que nunca he tenido problema de recibir la aceptación o el rechazo, más la primera que la segunda, cualquier cosa en mí estaba mal y había que cambiarlo. ¿Por qué terminé haciendo lo que todos hacen si siempre me sentí diferente? Y un día, después de toda esa transición de mí yo antiguo al de ahora, lo tiro todo por donde me da la gana y aparezco aquí, con mi camiseta de Sex Pistols, mis pantalones desgarrados con imperdibles y parches, mi pelo teñido del color de mi estado de ánimo- ahora verde- y mis botas negras. Mi apariencia bien podría ser la de “¡Alejaos, no pienso ser igual que vosotros, maricones!” y creo que el mensaje fue captado pues después de todo sólo quedó ella. Y eso me hizo pensar… Me quité de relaciones inútiles y sin sentido. Hacía tiempo que no encontraba a nadie con quien estar y empecé a dejar de buscarlo también. Me centré en lo importante. En la razón. En la persona que se había convertido en lo importante y en la razón. Y joder… en la música, el arte y la literatura también. Empecé a ser libre.


Volvimos a casa en autobús, manteniendo una absurda conversación intermitente sobre los estudios, Paramore, Yeray y lo que teníamos planeado para hacer aquella noche. Si, ella se quedaba a dormir. No lo hacía muy a menudo… Bueno, en realidad era la primera vez que venía a mi casa a pasar la noche.
Ya habíamos planeado lo que íbamos a hacer desde hace días pero nos gustaba hablar de ello.

-Entonces, vemos la película esa de miedo que me dijiste, la que copiaron los americanos de la original en tailandés…
-Shutter- le interrumpí.
-… y la vemos mientras comemos las patatas fritas que hemos comprado, ¿no?
-Eso es.
-Y después nos vamos a dormir porque yo me habré convertido en una zombie.
-Sí, más o menos como tú dices. Tal vez no deberíamos ver la película y esperar a la mañana siguiente. Tu cara de por sí con el amanecer, los pelos para arriba y un ojo abierto y otro cerrado, ya debe de dar el miedo suficiente. No sé si debería dormir contigo esta noche.- y me eché a reír, aún sabiendo que había estado esperando mucho este día.
Me echó una mirada asesina, con una pequeña sonrisa asomando.
-Sí, la que no debería de dormir contigo soy yo. Seguro que me haces perversiones esta noche… - me miró desde abajo, enarcando una ceja.
Mierda, por qué tendría que estar tan buena...
-No tengo el menor interés… ¡A saber si te duchas o no! No quiero que me pegues nada que no quiera, gracias- le sonreí y, con su cara entre sorprendida y divertida, empezó a pegarme haciéndose la ofendida.
-¿Qué?- le solté, con una sonrisa de oreja a oreja.

La lluvia golpeaba débilmente los cristales del autobús mientras éste traqueteaba y se detenía bruscamente en cada parada. Se iba vaciando poco a poco, conforme íbamos llegando a la última parada, la que más se acercaba a mi casa.
Siempre, cuando viajo en autobús, me da la sensación de que la gente me observa y piensa “lo que sea” de mí. Pero en realidad, el autobús es un buen lugar para aprender de las personas, si se observa con detenimiento. Supongo que al igual que yo observo, ellos, la gente efímera del autobús, observa. Yo, en múltiples ocasiones, cuando descubro en el autobús alguna imagen interesante, intento retenerla, memorizarla y guardarla, porque sé que nunca me volveré a topar con esa imagen.
Eso fue lo que hice, aquel día mojado de invierno, cuando al autobús subió ella.
Una chica de pelo castaño, puede que midiera tres dedos menos que yo. Vestía con pantalones vaqueros, una camiseta roja y un chaleco gris. Encima de su delicada nariz se posaban unas gafas a cuadros blancos y negros. Y cuando nuestras miradas se cruzaron, como dos bombas que se encuentran en el aire, me percaté de que detrás de esas gafas se hallaban unos ojos tan verdes como el corazón de un bosque y una mirada de una fuerza descomunal que podría detener el tiempo. Y, a decir verdad, por un momento pensé que lo había hecho.

Me mantuve impasible y observé como mordía su labio inferior con impaciencia. Se sentó cerca de mi asiento, al lado de la ventana, y apoyó su cabeza en el helado cristal.

-Pine, ¿me estás escuchando?
Volví la mirada hacia la voz que me estaba hablando. Parecía estar sorprendida pero mantenía su ceño fruncido.
-Lo siento. Vas a tener razón: estoy en mi puto mundo.
-Bueno, ya estoy acostumbrada a tus desconexiones.-bajó la voz un poco- Te has fijado en esa chica de ahí, ¿verdad?
La miré con tristeza.
Hacía como dos años que estaba enamorada de May. Ella lo sabía, por supuesto, pero ya me había dejado las cosas claras. No sentía lo mismo y, aunque ella dijera que era demasiado joven para saber lo que quería, estaba segura de que no iba a cambiar de opinión sobre mí. A ella ya le gustaba Yeray cuando yo le hablé de lo que sentía y, de alguna forma, empecé a odiarla inconscientemente, a ella y a Yeray por negar la realidad. El hecho de que quedaran ellos solos y, a veces, me  incluyeran en sus planes y pasáramos las tardes juntos o como se comportaban entre ellos, como me dejaban, de algún modo, de lado, hizo que acumulara mucha rabia, que yo solía contener. Yeray me trataba como si fuera insignificante y May negaba que le gustara Yeray. Y no saber la verdad, pero verla claramente en sus acciones me hacía daño.
Cuando empezaron a salir, hace ya mucho tiempo, fue en parte un alivio. Pero entonces supe que ya no tenía nada que hacer. Vivía en otras relaciones, en otro mundo, para evadirme del dolor, para olvidarme de ella sin esfuerzo, buscando algo que me llenara. Pero todas y cada una de mis relaciones se iban a la mierda porque ella se negaba a abandonar el lugar donde había asentado su malvado castillo de Drácula en mi mente, desde dónde me iba drenando las pocas ganas de reír que me quedaban. Y cuando llegó ese momento, me cercioré de que daría mi patética vida porque apreciara todo lo pienso y siento. Todo lo que hago y podría hacer si ella quisiese. Porque daría mi penosa existencia por ella, como la gilipollas que soy, porque aunque ella lo intente, jamás lo apreciaría. Porque nunca apreció nada de lo que hice y no va a ser distinto, ni ahora ni más adelante.

-¿Qué te pasa?
Parecía preocupada pues enseguida se le borró la sonrisa de los labios. La chica del autobús reaccionó de un modo extraño. Parecía que estaba escuchando la conversación.
-Estoy bien, sólo que… Estaba pensando.
-Siempre estás pensando-me interrumpió May- y no sé nunca en qué. Nunca quieres contármelo. Desde que empecé con Yeray, me tratas diferente. Ya no me cuentas nada, parece que te da miedo que sepa lo que sientes.
“Tal vez sea eso”- pensé.
-Sabes que siempre he sido así. No soy de decir mucho lo que pienso, me es casi imposible ordenar todo en mi cabeza y ser capaz de expresarlo y que llegues a entenderlo. Pero claro, estoy hablando de forma general…
- Pine… Te echo de menos, ¿sabes? Echo de menos que sonrías.
-A veces sonreír también es imposible.
Las dos nos quedamos calladas. Las gotas de agua golpeaban los cristales y se oían bajísimos murmullos entre las personas que se acomodaban en los asientos del bus, cada uno en su pequeño mundo ajeno.
-No paso de ti.- dije, casi escupiéndolo-Sólo estoy preocupada por lo que vaya a hacer en mi cumpleaños. Las cosas son más simples de lo que parecen.-mentí y le sonreí como pude.
Me quedé en silencio, esperando una reacción, mientras miraba las manos de la extraña chica que se sentaba dos asientos al lado de mí. Sus uñas eran largas y pintadas de negro, y sus dedos mantenían el ritmo de la canción que estaba escuchando. Mire de reojo a May, me miraba dudosa y torcía la boca en una mueca, como siempre hacía cuando se ponía a pensar.
-Va, no te preocupes tanto. Todo está bien, de verdad.
Mis palabras se perdieron en el vacío autobús y me di cuenta de que sólo quedábamos nosotras tres.
-Está bien. Ya pensaremos en algo para tu cumpleaños, ¿vale? Pero anímate, que siempre vas con una cara de muerta impresionante.
-Vaya, gracias. –May y su humor “anti-depresión”. Ella sí que sabía salir bien de momentos como este. Lo arreglaba todo con una sonrisa y una pequeña burla. De esa forma… A mí me resultaba más fácil olvidarme de todo lo demás.
Ella puso los ojos en blanco y sonrió. El autobús torció a la izquierda y llegó al fin a la parada donde teníamos que bajar.
Nos incorporamos y May me cogió de la mano. Siempre lo hacía cuando pensaba que algo iba mal para darse fuerza a sí misma. Sin embargo, esta vez, lo hizo sin darse cuenta.
Me despedí con la mirada de aquella chica, que se alejaba hacia el lado contrario que nosotras. Ella pareció darse cuenta y me dedicó una sonrisa antes de desaparecer por uno de los callejones adyacentes a la calle principal. Tuve… Una sensación muy agradable y sonreí. Hacia tiempo que no sonreía así.

lunes, 23 de mayo de 2011

Humedad

Era enero, una semana antes de mi cumpleaños, de mi decimosexto cumpleaños. Llovía.
 Caminaba por las calles apagadas y lúgubres de la ciudad, salpicándome a cada paso los pantalones en los charcos del agua turbia de la lluvia, que se extendían por todas partes. Mis pantalones con rotos que dejaban ver gran parte de mi piel y parches anarquistas y de grupos de música de los ochenta. Sí, como Joan Jett & The Blackhearts. Ahora que lo digo, hace tiempo que no las escucho.
Las gotas de esa lluvia torrencial y el viento helado congelaban, y también deshacían, alguno de mis pensamientos. El sonido de los coches al pasar, el chapoteo incansable, las voces en la calle de niños que discuten por las golosinas que les ha regalado el profesor en la escuela, el sonido de los pasos hundiéndose en la calzada… Todo, todo eso me parecía carente de importancia. Ella caminaba a mi lado, hablando de cosas banales, sin sentido, con una de sus sonrisas pintada en la cara.

-…porque si lo piensas, todos los grupos de rock que son americanos casi nunca pisan España Normalmente ni siquiera piensan en ello y lo cierto es que no me extraña en absoluto. ¿Tú qué piensas, Pine?
Fijó sus ojos caramelo en mis labios, esperando una respuesta. Sonreía, ella siempre sonreía.

Cuando me pongo a pensar en el tiempo que la conozco, me sorprendo. Joder, hay tantas cosas que no sabes, hay tantas cosas que me gustaría decirte pero siempre tengo que callar. Y el puto silencio, para evitar joderme, me puede.

-Umm… ¿Qué?

Observé su camiseta de Paramore. Estaba empapada, como toda ella. Como su pelo, largo y negro, que tenía por costumbre colocar a un lado por encima del hombro. O como sus pestañas, de las que goteaba la lluvia y resbalaba por su piel de marfil hasta sus rosados y acolchados labios, perfilándolos y venciéndose a una caída mortal desde su suave barbilla. Su cara mojada le daba un aspecto infantil, como de niña perdida. No podía dejar de mirar su escote. Debajo de la camiseta mojada se disimulaban muy mal sus curvas, donde imaginaba mis dedos como viandantes haciendo auto-stop, en busca de fiesta, un poco de alcohol tal vez. Y drogas, drogas al montón.

-¿Sabes qué, Pine?- dijo, mirando hacia arriba. La lluvia se desbordaba por sus mejillas…- A veces pienso que vives demasiado en tu mundo.
-Lo siento, estaba pensando… - quise decir en ti pero como siempre me contuve- He desconectado, ¿verdad?
- Sí –suspiró- ¿qué pensabas?

No respondí enseguida. La lluvia cada vez se hacía más continua y el sonido de nuestros pasos se perdía en la soledad de los callejones mojados y oscuros. Atravesamos un cruce corriendo, ya que el semáforo empezaba a cambiar el color y los coches despertaban entre la neblina. Llegamos a la tienda de discos y entonces respondí:
-No creo que sea tan interesante lo que pienso como el nuevo disco de Paramore.- dije señalando su camiseta- Vamos dentro, te veo un poco mojada.
Ella retuvo una pequeña risa y abrió la puerta.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Prólogo

Desde que era pequeña me ha intrigado el universo, con sus millones de estrellas y misterios vedados a la humanidad. A mi mente iban y venían ideas, dudas, preguntas, que nunca eran respondidas o simplemente no  había respuesta.
Como aquella noche de verano cuando iba en el coche de mis padres, camino de algún sitio que ahora no recuerdo. Yo miraba el cielo como siempre, zambulléndome en mis pensamientos infantiles, simples, que me dejaban muchas veces en silencio.
Aquél día fue distinto pues decidí preguntar al aire:
“¿Por qué nos sigue esa estrella?”
Mis padres, sorprendidos, respondieron:
“¿Cuál, Pine?”
“Pues esa.- decía con el brazo señalando fuera de la ventanilla- Sí, esa. La que brilla tanto. ¿Por qué nos persigue?”
Mi madre asomó la cabeza por la ventana, intrigada. Al cabo de unos segundos, me dedicó una sonrisa y con una voz tierna y maternal me dijo:
“Cariño, la estrella no nos sigue. Se mueve con nosotros, incluso yo diría que somos nosotros los que la seguimos.”
Todo se quedó en silencio, cada uno se sumía en sus propios pensamientos. Yo también callé, asombrada, porque… ¿Cómo que se mueve con nosotros? ¡Pero si parece que la dejemos atrás! ¿Son estrellas fugaces, entonces?
En ese momento mi padre carraspeó, interrumpiendo el silencio:
“Esa estrella nos sigue para cuidarte.”

Entonces todo se oscureció y las estrellas se apagaron.